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«Si esto es un hombre»: ¿Qué podría ser lo contrario?

“Los ojos que han contemplado Auschwitz
e Hiroshima nunca podrán contemplar a Dios”.

Ernest Hemingway

El acercamiento

Primo Levi (Italia, 1923-1987) es quizás el escritor italiano que mejor ha retratado el horror del Holocausto. No solo por el testimonio fecundo, sino también por la eficacia de la prosa. De esta forma Primo Levi se ha unido al grupo de los narradores-testigos cuya legitimidad y autenticidad ha sido aceptada por la crítica, como Imre Kertézs, Jean Améry, Elie Wiesel o Filip Müller.

No fue filósofo ni poeta, sin embargo, pensó en Auschwitz de una manera tan trágica y emotiva que encontró la forma de reflejarse a sí mismo. Años más tarde diría que si existe Auschwitz, no debería existir Dios. Esa impronta de la muerte jamás se le borró de la sonrisa, ni de los sueños, que venían a él cargados de luz y también de oscuridad.

De origen judío, se recibió de químico y luchó en la resistencia antes de caer prisionero en 1944 por las milicias de Mussolini, quienes lo entregaron a los nazis antes de ser conducido al campo de concentración de Monowice, un apéndice de Auschwitz. En cautiverio fue sometido a tortura y trabajos forzados; su liberación se produjo recién en enero de 1945. La historia cuenta que de los seiscientos cincuenta judíos italianos prisioneros en Auschwitz, Levi fue uno de los veinte sobrevivientes. Murió el 11 de abril de 1987, en medio de una leyenda suicida que nunca pudo resolverse.

El descenso

Si esto es un hombre (1947) fue el primer libro que escribió tras ser liberado; tiempo después publicaría La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986), dos títulos que completan su famosa Trilogía de Auschwitz. Este primer libro constituye un magnífico documento histórico y literario sobre la vida y tragedia de un hombre en los campos de exterminio. Se divide en diecisiete capítulos y en cada uno, Primo Levi nos hace cómplices de lo que vivió desde el día en que fue capturado por las tropas fascistas, el 13 de diciembre de 1943. Vertiginosamente, nos introduce en el mismo tren en que fueron conducidos los judíos de diversos países, cuyo destino final, Monowitz (Auschwitz), les era desconocido. Describe los olores de la muerte, las sensaciones termales bajo cero y la angustia ante la carencia de agua y comida. Allí, en vagones atiborrados, niños y ancianos caían uno a uno en silencio, sin aullar, debido a su exanimidad. No hay exageración y tampoco disminución del sentido de la realidad y Levi agrega que en ese terreno, cerca de la estación final, aun cuando algunos podían intuir el futuro, solo las mujeres se levantaban para seguir alimentando a sus hijos casi moribundos. El autor impreca desde el descorazonamiento: Si fueran a matar mañana a vuestro hijo, ¿no le darías de comer hoy?” (Pág. 14).  Hay un llamado al lector para que haga suya la pregunta, para que acceda a esa zona donde el individuo deja der serlo.

“Ese horror se transformaría en fatalismo para muchos sobrevivientes que terminarían años después en el suicidio”  

Esto es el infierno, dice Levi, en las primeras páginas del segundo capítulo. Y no es para menos. En esta continuidad de la metáfora Theodor W. Adorno escribiría tiempo después del Holocausto una hipérbole que bien podría ser una ironía: «Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie», con lo cual quería explicar que todo es vano ante la fábrica de la muerte y que la retórica es vacía frente la maquinaria del exterminio. No obstante, Levi acrecienta la metáfora y el símbolo; construye una narrativa que prescinde del sentimentalismo para tornarse objetiva. De estilo que semeja a la crónica con dosis reflexiva va moviendo a sus personajes en un mundo sombrío y silencioso.

En ese campo de concentración de Monowitz sobreviven criminales, gitanos, políticos e inocentes judíos, todos jerarquizados según los motivos de su detención, su país, antigüedad en el campo e, incluso, la robustez de su físico. Hay un descenso progresivo a los círculos de la Divina Comedia, cuyos carceleros se exponen como eficientes engranajes del sistema. En ese lager (campo de concentración) se les despoja de todo lo que traen encima, incluso de la identidad: “No tenemos nada. Nos quitaron hasta nuestros nombres”(Pág.18). Lo único que tenían de irrenunciable era el recuerdo.

Antes de dormir, mientras el cuerpo sucumbía al atroz cansancio, era inevitable evocar el hogar, la patria, al hijo, a la madre. En ese recuerdo había un dolor que tenía un nombre extraño: “Heimweh se llama en alemán este dolor, es una palabra bella y quiere decir dolor de hogar” (Pág. 39). A veces, la mente del prisionero huía hacia el sueño y en el concierto de voces apagadas todos tenían un sueño colectivo, repetido: Es la reunión familiar de un día cualquiera, junto al fuego. Es un sueño plagado de angustia que se extiende más allá de la liberación y que a muchos les alcanzaría hasta la muerte. También en ese sueño el hambre se agolpaba como una bestia que los atormentaba en forma de pesadilla: Sueñan que están comiendo; este también es un sueño colectivo. Es un sueño despiadado; quien inventó el mito de Tántalo debía conocerlo” (Pág. 65).

Y es que el hambre era una de las mayores torturas, junto a la enfermedad y al miedo de ser arrastrado a las cámaras de gas. Esos hombres que habían enflaquecido hasta convertirse en muertos andante, buscaban sobrevivir día a día en una batalla contra el sistema y contra sus mismos cuerpos. Pero había una resistencia perversa: la esperanza de contraer una enfermedad atroz que los condujera a la aniquilación. No había lugar para los débiles. Por eso Primo Levi tuvo la suerte de ser convocado a otro trabajo por su condición de químico. En aquellos años, cuando los nazis perdían la guerra, la mano de obra calificada era escasa.

Ni siquiera a los pocos días antes de la liberación (por el Ejército Soviético el 27 de enero de 1945) el horror había culminado. Quedaba el otro horror al cual es atado el antiguo: la indiferencia y la culpa por la muerte ajena. Ese horror se transformaría en fatalismo para muchos sobrevivientes que terminarían años después en el suicidio. Era quizás la vergüenza por haber sobrevivido, como es el caso del escritor vienés Jean Améry quien compartió una barraca con Levi.

El campo

Un lager era una máquina para convertir al hombre en animal, dice Levi. Por eso un campo de concentración no solo deshumaniza al hombre, sino que destruye el valor que lo ata al mundo: la moral. ¿Qué es un campo en este caso? Un campo es un zona donde no existe lo legal ni lo ilegal. Aquí el mundo ficcional de las leyes y las normas que subordinan al hombre a la sociedad ha muerto junto con los hombres. Todo se invierte: “A quien tiene le sea dado; a quien no tiene le será quitado” o “Come tu pan y si puedes el de tu vecino, y no dejes lugar a la gratitud” (Pág. 174). Hay una suerte de excepción, porque el poder se ejerce de manera arbitraria y total: “En el lager no hay criminales ni locos; no hay criminales porque no hay una ley moral que infringir” (Pág. 158) Un campo de concentración como en el que estuvo Primo Levi se convierte en símbolo de la atrocidad que explica cómo la sociedad occidental ha colapsado por sus propios métodos.

Si esto es un hombre* se convirtió con el transcurso de los años en un libro imprescindible para entender a la víctima y al victimario de los horrores del nazismo. Uno de los méritos de su autor es que pudo ejercer su voz, y al mismo tiempo la voz de millones de judíos, cuyas bocas fueron aplastadas en la oscuridad.

*Tomado del libro Si esto es un hombre de Primo Levi. Ediciones Península, 2014, 2020.

Primo Levi en su casa en Turín (1985). Rene Burri: Magnum Photos.

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Escrito por Ítalo Morales

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